"¿Quién quiere aceptar que hay un mundo donde lo odian por sus creencias religiosas?", se pregunta en este texto Sophie, que cansada de los estereotipos sobre el judaísmo decidió que su identidad no era algo negociable.
Por Sophie Markier Landau
Miedo.
Miedo en mi mirada. Miedo en la mirada de mi amiga. Un miedo desconocido. Un miedo amargo que escalaba por todo mi cuerpo. No era el que te surge con las películas de terror. O cuando vas caminando por la calle y un hombre te piropea. Era un miedo extraño. Un miedo que iba más allá de algo físico. Él claramente no sabía que yo tenía ese miedo, ¿cómo podía saberlo si no es algo que se identifica a simple vista?
Soy orgullosamente judía. Seguramente te estés preguntando, ¿qué es ser judía? Y no existe respuesta más difícil. Como con todas las religiones o pueblos, depende de cada uno como vive sus creencias. Para mí, es una parte de mi identidad que fue y es transmitida a través de amigos y familia: festejo las fiestas judías con mis seres queridos, hice mi Bat Mitzvá y me enorgullece transmitir la historia de mis antepasados.
Probablemente, si me cruzaras por la calle, no notarías que soy judía. Y sí, a simple vista, no “parezco” judía o lo que la mayoría de la sociedad consideraría “como se debe ver” una. A la vez, tampoco voy diciendo por la vida mi religión. Lo tomo como parte de mi identidad: como tener el pelo con rulos, ser fanática de Independiente o que me gustan las milanesas con puré. Son cosas identitarias que nunca vi la necesidad de compartir y para mí el judaísmo era lo mismo. Yo sé que soy judía, ¿por qué el mundo a mi alrededor debía enterarse?
No crecí rodeada de personas que siguieran mi misma religión. Es más, al crecer, en mi grupo de amigas algunas eran judías y otras no. Pero ese factor ni a ellas, ni a mí nunca nos importó. ¿Cuál era la diferencia entre nosotras, que algunas no recibimos regalos de navidad? ¿O qué en mi casa probaron los mejores knishes caseros de sus vidas? En general éramos muy parecidas.
Quizás vivía en una burbuja ideal o era muy chica para darme cuenta que en el mundo, el ser judío, tenía una connotación mucho más diferente y potente de la que yo creía. Cuando las personas se enteraban o yo les contaba mi religión, me miraban con extrañeza. Muchas veces me preguntaron por qué no usaba peluca o por qué comía jamón. Obviamente respondía con la mayor educación posible e intentando explicar lo poco que yo misma sabía de mi propia religión. Pero a veces las personas insistían en que no era o que no me veían como judía. Aunque esas chicas probablemente no iban todos los días a misa y yo nunca les cuestioné si eran católicas o no.
A medida que crecí me fui informando sobre mi pueblo. No desde la parte religiosa, sino más bien sobre mis antepasados y sus historias. Por esto se me hacía más fácil romper con el desconocimiento, sin necesidad de volverlo algo religioso.
Creo que uno nunca está listo para leer comentarios de odio desenfrenado, a los que las redes sociales les dieron rienda suelta. Si mi yo de chica hubiera tenido acceso a estos comentarios, no podría haber vivido en un mundo tranquilo. Ya cada vez leía más comentarios como “el pintor austriaco tenía razón”, “jabones”, “usureros controladores del mundo” y “ratones”, estereotipos descalificativos con los que se asocia a los judíos. Nadie se puede imaginar la bronca y la impotencia que genera escuchar a personas deseando libremente mi muerte y la de mi pueblo y no poder hacer nada al respecto.
De a poco, la pantalla dejó de ser una barrera. O tal vez fue el crecer y conocer a personas más lejanas a mi círculo. Lo que debería ser inusual, se volvió usual: ver gente cercana imitar el saludo de Hitler y burlarse, pensando que “ningún judío estaba mirando”. No sólo fue humillante, sino desgarrador. Inclusive caminar por mi barrio de la Ciudad de Buenos Aires y ver un grafiti que diga “Hace patria, mata a un judío”. ¿Por qué el parque de mi infancia se tenía que ver contaminado por el antisemitismo?
Uno nunca está preparado para vivenciar el odio y la discriminación en carne propia. Más bien, uno nunca debería experimentarlo. Lamentablemente, me sucedió. Al principio decidí guardarlo. Probablemente, porque el compartirlo implicaba aceptar lo que me había sucedido. ¿Quién quiere aceptar que hay un mundo donde lo odian por sus creencias religiosas? ¿Quién quiere un mundo donde el odio se esparza libremente?
Ya las pantallas de las redes sociales no protegían a nadie, ni a él, ni a mí. Él era consciente, lo decía orgullosamente. Mi amiga me miraba y ambas nos tragábamos las palabras. Ella entendía que la situación me dolía y yo veía la impotencia en sus ojos. Terminó de hablar y tuvo el tupé de afirmar que por suerte no había ningún judío escuchando, total nadie se “veía” como uno de ellos. Ninguna de las chicas tenía nariz grande, ni usaba pollera larga y era viernes a la noche, por lo tanto ninguna estaba festejando el shabat con su familia. Pero yo lo era. Yo tenía puesta la cadenita con la estrella de David debajo de mi buzo. En el momento pensé: qué suerte que hacía frío. Pero no sabía lo que significaba esa sensación de supuesto “alivio”.
Me quedó un gusto amargo durante toda la semana siguiente. Encontraba excusas para no volver al lugar, que me generaba escalofríos. Creo que no fue hasta que lo compartí por primera vez, que me di cuenta que algo definitivamente no había estado bien. Más allá de los comentarios antisemitas a los que inconscientemente me estaba acostumbrando, había un trasfondo más profundo: había sentido un “alivio” porque no se enteraron de que era judía. Y eso, no me lo podía perdonar. Había aceptado tener que ocultar mi identidad. Y esa historia, no solo yo pero el mundo en sí ya la conoce. Por primera vez en mi vida, tuve que ocultar que era judía. Aunque decidí que esa iba a ser la última vez.
La sensación ardorosa me persiguió por varios días, hasta que decidí que no iba a poder vivir tranquila hasta que no hiciera algo para cambiar la situación. Volví. Si, creanlo o no, volví al lugar. Con mi cadenita al aire, di la cara. Llegué y me vio, más bien, la vio. La cadenita que mostraba mi identidad. No pidió perdón, pero su cara expresó mil palabras. Solamente afirmó: no sabía que eras de ellos. Le respondí con una sonrisa cerrada, firme: sí, lo soy.
Nunca volví al lugar, ni a verlo. Finalmente, logré hacer las paces conmigo misma. Como cuando era chica, sigo sin ir por la vida contando que soy judía pero no podría estar más orgullosa de serlo.
Mi historia no es la primera ni la última. El odio a los judios es una realidad en Argentina. Aunque quizás no lo veamos, se encuentra presente entre nosotros. Muchos dirán que me estoy victimizando y que suceden cosas más terribles en el mundo. Pero ninguna persona debería vivir en una sociedad donde el odio es gratuito y libre. Ni vos, ni yo.
Este texto fue producido durante el taller "Jóvenes cuentan jóvenes", dictado por Buena Data en febrero de 2025.