Nadie pregunta ¿desde cuándo sos heterosexual? Pero si una persona es LGBT+ pareciera un paso obligatorio tener que salir a dar explicaciones. En esta nota Mirco Arrojo plantea que la deconstrucción social “no es un destino, sino un camino”.
Por Mirco Arrojo
Desde que nacemos, la sociedad nos asigna un guión que dicta cómo debemos ser, amar y vivir. Se asume la heterosexualidad como punto de partida y cualquier desviación de esta norma exige una explicación. Es así como las personas de la comunidad LGBTIQ+ tenemos la obligación de "salir del clóset": declarar públicamente que no seguimos la norma.
Salir del clóset es un acto profundamente personal, pero también una imposición que, en una sociedad realmente inclusiva, no debería requerir un anuncio. Se nos enseña que el silencio es sospechoso y que "esconder" nuestra identidad es una traición a nuestra persona y a la lucha colectiva. Sin embargo, nadie le pide a un chico heterosexual que le diga a sus padres que le gustan las personas del sexo opuesto. Nadie enfrenta interrogatorios en la mesa familiar sobre "cuándo supo que era hetero".
Este mandato de salir del clóset también está atravesado por desigualdades y violencias. En algunos contextos, revelar la identidad de género u orientación sexual puede significar rechazo, despidos, agresiones e incluso la muerte. No es una decisión ligera ni debería ser una expectativa universal.
El derecho a la privacidad, reconocido en el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, parece aplicarse sólo a quienes encajan en la norma. ¿Acaso alguien tiene la obligación de declarar públicamente su religión, sus posturas políticas o cualquier otro aspecto de su vida privada? Nadie debería ser obligado a exponer su identidad para que los demás la validen.
Yo con mi papá nunca salí del clóset, no lo ví como una necesidad. ¿Por qué tenía que hacer un anuncio para decir que yo no era lo que esperaban? Un día, el 31 de enero de 2024, mi papá me dijo que quería hablar conmigo, y yo empecé a temblar, porque aunque tenemos un vínculo muy lindo, él es una persona de carácter fuerte, así que esto podía significar muchas cosas. Me llamó al patio, me sentó y me dijo, de forma muy resumida, que él sabía que existían distintas sexualidades y que estaba bien no ser heterosexual (si se preguntan cómo estaba yo: tieso, no podía ni hablar). Me dijo que si en algún momento yo quería hablar sobre esto con él, podía hacerlo, y que si en mi familia alguien me decía algo, él iba a hablar con elles (sonó a una amenaza, tipo "no se metan con el muchacho").
En toda la charla me dio consejos, me dijo que podía amar a quien yo quisiera, me pidió que me cuidara y que cuando tuviera dudas le pregunte, que aunque no supiera la respuesta, él las iba a buscar. Me contó de sus amistades de la comunidad y cómo les avisaba a les travestis que estaban en la esquina cuando iba a ir la policía así no se les llevaban a la comisaría (él era policía). A todo esto, yo nunca le confirmé si era gay, bi, hetero o lo que fuera. Creo que no era necesario, ni para él ni para mí. De hecho, creo que quien más necesitaba hablar de esto era él, y lo hizo muy bien. Entre llantos y tratando de hilar palabras, me dijo que me amaba y que siempre lo iba a hacer.
Lo interesante de esta conversación es que no fui yo quien tuvo que salir del clóset, sino él quien entró en mi mundo. Fue él quien necesitó abrir ese espacio, demostrar que había hecho su propio proceso de deconstrucción y que estaba listo para aceptarme sin importar qué. Esto refuerza la idea de que el problema nunca ha sido la diversidad en sí misma, sino la forma en que la sociedad nos ha enseñado a reaccionar ante ella.
Pero hay algo más: si bien nunca quise salir del clóset, de alguna manera necesitaba la confirmación de que mi papá me iba a querer como sea.
Todes necesitamos esa seguridad de que todo va a estar bien, de que quienes nos rodean nos van a amar sin condiciones. Porque en una sociedad que nos empuja a dudar de nuestra propia legitimidad, el amor y la aceptación se vuelven fundamentales para sostenernos.
¿Por qué una charla como esta sigue siendo la excepción a la norma? ¿Por qué seguimos viviendo en un mundo donde asumimos que todes son heterosexuales hasta que se demuestre lo contrario? La heterosexualidad como norma impone un modelo único de vida y nos obliga a diferenciarnos activamente para existir en nuestra verdad. Pero, ¿qué pasaría si cambiáramos la pregunta? ¿Si, en lugar de pedir explicaciones a quienes no son heterosexuales, nos preguntamos por qué damos por sentado que todes lo son?
El problema no es salir del clóset, sino la necesidad de hacerlo. La verdadera revolución sería construir un mundo donde la diversidad sea asumida y respetada sin la exigencia de dar explicaciones. Un mundo donde la heterosexualidad no sea un supuesto y donde nadie tenga que justificar a quién ama o quién es.
Salir del clóset es un acto de valentía en una sociedad que nos empuja a escondernos. Pero en verdad lo valiente sería cuestionar por qué esa exigencia sigue existiendo. Desafiar la norma resultaría más revolucionario que “salir del clóset”. No precisamos momentos extraordinarios para validar lo que debería ser ordinario: que todas las identidades son legítimas sin necesidad de explicaciones ni anuncios públicos.
Ahora, yo me pregunto, si estas conversaciones son tan necesarias, ¿por qué no suceden más seguido? Si hasta una persona criada en estructuras tradicionales pudo hacer su propio camino para hablar con su hijo desde el amor, ¿por qué hay tantas familias que aún no se animan a hacerlo? ¿Cuántas son las que todavía necesitan dar el paso, romper con sus prejuicios y abrir estos espacios de diálogo? ¿Cuántos adolescentes están en pleno proceso de descubrirse y no pueden hacerlo libremente por miedo a contar quiénes son?
La deconstrucción no es un destino, sino un camino. Y cuanto más dispuestes estemos a recorrerlo, más fácil será para quienes vengan después no tener que dar explicaciones sobre quiénes son.